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Había obligación de hacerlo. En las paredes, en las vitrinas, en las mesitas y en los espacios más insospechados de la casa alta de Eduardo Dato, allí donde dijeron adiós Fernanda y Bernarda, los trofeos, las medallas, los diplomas y los pergaminos y hasta esa Medalla de Oro de Bellas Artes que lucía este año en su pecho la Virgen de la Esperanza, lo copan todo. No hay espacio para más. Pero la hermandad de Los Gitanos tenía la obligación de enmarcar el homenaje póstumo a las que han sido gitanas-utreranas ilustres, y el hecho le honra y le ennoblece.
El sábado 3 de julio, en el Colegio Salesiano, con muchísimo público en las mesas, más que en otros años, y en una noche y en un ambiente de recuerdo cariñoso que invitaba a degustar el arte flamenco, LIV Potaje Gitano, con un cartel corto, pero de lujo: Antonio el Pipa, Esperanza Fernández, Estrella Morente y Pitingo. Cuatro artistas insuperables que cada uno de ellos ocupará una noche total en la próxima Bienal de Arte Flamenco de Sevilla. Y, para lo que habría de ser homenaje a Fernanda y Bernarda, un cuadro gitano de Utrera, que no entiendo por qué no se anunciaba en los carteles. Antonio Ortega, de Giralda Televisión, ofició de maestro de ceremonia.
Servidor lo venia acusando. Conforme con el diseño actual del Potaje, porque da dinero, pero había que hacer que el festival conllevara más sentido flamenco. Apoteósico ha sido este año, con mucho temple, con mucha flamenquería, -¡con mucha gitanería!-. Ha sido todo un digno acontecimiento flamenco, en recuerdo y en memoria de tan grandiosas y genuinas cantaoras, orgullo de Utrera y así reconocidas en el mundo entero.
Antonio el Pipa abrió la noche gitana, con un empaque y con un arte difícil de igualar en el baile de hoy. Compuesta la escena con Ibáñez y Lorca en el toque, Luis de la Tota y el Gory en las palmas, su tía Juana acalló la noche con el rotundo grito de la toná de Triana, mezclando entre los olivaritos del valle con la siguirilla de Jerez, la que bailaría, Antonio, elegantísimo, con traje negro cruzado, con su estilizada figura de bailaor a lo hombre, aunque todos adivináramos en su baile, la adorable oronda figura de su abuela, tía Juana la del Pipa. Y, mientras bailaba el niño Cristian Reyes, que habrá que seguir, el bailaor de Jerez, ahora, también de calle, pero, con precioso traje de vivo color rojo y camisa blanca, al compás de las bulerías y siempre con el cante de voz rajá de su tía Juana, compuso y dejó sobre el tablao del Potaje, estampas cargadas de arte y aire gitanísimo.
Esperanza Fernández -Triana y Lebrija, con parada obligatoria en Utrera-, con la guitarra de su fiel y joven maestro Salvador Gutiérrez y las palmas de Miguel Vargas –su marido- y Oruco, dejó en la noche utrerana, siempre en homenaje a las “niñas”, la actuación más antológica que se le recuerda en esta tierra que tanto se le quiere: cantiñas de Pinini, siguirillas del Nitri, Paco la Luz y Manuel Molina, tangos y bulerías, recordando en este último cante al Mairena del caminito de Jerez y del pollito que piaba, finalizando con ese aire dulce de un José Fernández Granado, al que le llenaba la ilusión, pero que, después, de rabia, se comía los puños del camisón. No había que descubrirla, su proyección internacional la señalan como la voz femenina más flamenca, más gitana de hoy día.
En el acto del homenaje, con la hermandad, los sobrinos de Fernanda y Bernarda, el alcalde –como siempre-, el director del Instituto de Cultura Gitana, y la firma Cruzcampo –como siempre también-, y Matilde: Matilde Coral, la maestra del baile, que hizo el ofrecimiento a Fernanda y Bernarda, hablando con ellas, “allí”, juntas a su marido, Rafael el Negro, fallecido recientemente. El hermano mayor de la hermandad, dirigiéndose a Inés, la sobrina de las “niñas”, dijo: “Lo hemos conseguido, Inés”. Ellos lo amasaron y lo trabajaron. Pero, estas y otras palabras, no puso fin al homenaje.
No, porque, a continuación, subieron Mari Peña, Jesús de la Frasquita, Luis el Marquesito, Dani de Utrera, Jesús de la Buena y Gaspar de la Teresa, con las guitarras de Pitín padre y Pitín hijo. Y aquí dijo Utrera –“Utrera viva” la llamó el presentador-, que el arte, en esta bendita tierra, no se acabará nunca. Perdonadme los demás, pero lo quiero decir otra vez: ¿Qué le falta a Jesús de la Frasquita para hacerse un profesional de cante caro?... Luis, el Dani, Jesús y Mari, rindieron, a Fernanda y Bernarda, el homenaje más grandioso que nadie pueda imaginar. Serio y categórico monumento a la soleá, por los cuatro. Y ya en el terreno de la fiesta, donde, además del auténtico aire a compás de Utrera, además de tantos quiebros que dibujaban el recuerdo que nos congregó a todos en el Colegio, Dani se acordó de una dalia que cuidaba Sevilla en el parque de los Mompansiert, Jesús nos removió a todos en los asientos cuando nos contó aquello de una reina Juana atacada de locura, de una locura de amor y, la Mari Peña, con fuerza y sentimiento, nos hizo ver que a todos, esa noche, se nos rompió el amor, porque, lo queramos o no, el ivierno llega.
Después Inés y Luis, emocionados ambos con el curso de la noche. Inés aprovechó para agradecer de nuevo a todos los artistas y a la hermandad y, con cierta timidez, comprometió a Pepa Montes y a Matilde Coral, discípula y maestra que, con el cante del Marquesito, escribieron una página de baile, de una categoría impresionante, cerrándose así, un póstumo a las ilustrísimas “niñas” de Utrera. Un homenaje que se hará inolvidable.
Fina estampa, que diría María dolores Pradera. Con el bellísimo fondo natural del patio del Colegio Salesiano, cuya frondosidad floral quedaba iluminada, Montoyita y el Monti en el toque y el Gabarre en el cajón, con el acompañamiento de palmas y voces de los Morentes Carbonell, componiendo una línea estética de sumisión y entrega a la señora, la hija del que, para algunos, sigue siendo discutido maestro, la hija de la bailaora gitana, la Pelota, la esposa del torero, la elegancia hecha mujer, la que sin duda alguna es hoy una señora de la escena: Estrella Morente, con mucho señorío, con mucha finura y con una extraordinaria forma de saber estar en un escenario, delicada, hasta en el saludo y en la dedicatoria, paseó garbosa, por esos aires salineros de la bahía gaditana, se recreó en el compás del tango malagueño, con lances abandolaos, cantó por soleá, cantó por bulerías y, de nuevo, los tangos lentos, recordando el estilo de su padre. El público, puesto de pié, reconoció la hechura escénica, el empaque y la personalidad artística de Estrella Morente. A su abuela, gitana, de Huelva, le decían La Pitinga. A él siempre le encantó la música negra. Dice ser descendiente de estirpes tan gitanas como los Valencias y los Pelaos de Triana, y considera a los Habichuelas granadinos, su familia. Y, con el hijo de Juan Carmona al toque, el Piripi de Sevilla, Rocío Mancheño, Fernando Soto –palmas-, y Santiago, en el cajón, este especial cantaor onubense volvió a Utrera, tras su triunfo del pasado año, y volvió a armarla. Toná, granaina y la media, bulerías, en las que entraban el cuplé y el fandango, y la siguirilla. Soleá. Después pidió que subieran los gitanos de Utrera y aquí volvió a transformarse. El público ya de pie, porque resulta imposible estar quieto cuando Pitingo se acuerda del blue y del soul, de su soulerías, vaya, donde enloquece a todos con su Mamy Blúe y con su Yesterdey. Cantó para que bailara su grupo, incluido Juan Carmona, canto para todos los gitanos de Utrera, y volvió a encantar, con su sencillez y simpatía contagiosa, y Utrera volvió a darle su sí, y así de satisfecha, elogiando una noche gitana que venía echando de menos, abandonó el patio del Colegio, cuando eran las cuatro y media de una madrugada de buñuelos y aguadiente que invitaba a seguir para descubrir la luz del alba.
Enhorabuena a la hermandad de Los Gitanos y, permítanme, en su nombre, a mi hijo, que es el hermano mayor. |