La simplicidad podría ser entendida como la cualidad que poseen los seres y las cosas de ser tal y como son, sin afectación ni añadidos. Desde este punto de vista, la simplicidad es lo mismo que la talidad, la cualidad de ser y de manifestarse tal y como se es.
Una piedra es simple. Es tal y como es. También una flor, o un pino, o un pájaro. Las constelaciones que surcan el espacio infinito son enormemente complejas y al mismo tiempo son totalmente simples: son tal y como son. Su simplicidad radica en el hecho de no pretender ser otra cosa que lo que son.
La naturaleza humana también es simple: es lo que es. No obstante, los seres humanos nos volvemos complicado y lo complicamos todo porque casi siempre estamos atareados en el empeño de pretender ser otra cosa distinta a lo que naturalmente somos y de que las cosas sean distintas a lo que naturalmente son.
Esta pretensión surge de la insatisfacción. La insatisfacción, a su vez, de la no-aceptación. No aceptamos la realidad de ser tal y como somos. Por lo tanto nos sentimos infelices de ser como somos. Por lo tanto, intentamos ser de otra manera. Este intento lo complica todo. Nos complica la vida. Además, es totalmente inútil ya que nada ni nadie puede llegar a ser algo distinto de lo que ya es.
Por ejemplo, los seres humanos hemos adoptado la costumbre de usar perfumes artificiales, incluso en los momentos en los que el cuerpo está limpio. El perfume se ha convertido en un símbolo de sofisticación, de estilo, de buen gusto. Primero tratamos de eliminar todo tipo de olores exudados naturalmente por nuestro cuerpo, ya que culturalmente hemos decidido que el olor del cuerpo humano no es "grato". Después, nos rociamos con un agua de colonia o perfume que ha sido fabricado con diversos componentes, entre ellos, por ejemplo, con almizcle, que nos es otra cosa que la sustancia grasa que segregan algunos mamíferos, especialmente como reclamo sexual. Así que tenemos lo siguiente: consideramos inadecuados los olores corporales emitidos por el cuerpo humano, especialmente si son de tipo sexual. Los eliminamos y los sustituimos por olores sexuales emitidos por otros animales. Y a esto lo llamamos "civilización", "cultura", "buen gusto". Así es la cultura humana. Los seres humanos somos naturalmente simples, en el sentido que somos lo que somos y, además, no podemos ser otra cosa. Pero lo complicamos todo porque pretendemos ser otra cosa distinta de lo que somos.
Básicamente las culturas humanas son una expresión del potencial humano, pero también contienen en muchos aspectos la pretensión humana de ser distinto a como se es.
Las piedras son como son: grandes, pequeñas, rugosas, lisas, rojas, blancas... Un pino es un pino. Sus agujas son verdes, finas y puntiagudas. Nunca encontraremos a un pino lamentándose por no tener las hojas rojas del arce. Una rosa es una rosa... ¡no la toques más, que así es la rosa! La naturaleza es maravillosamente compleja. Es un entramado infinito de condiciones e interrelaciones. No obstante, la naturaleza es simple porque los seres minerales, vegetales y animales, -aquellos animales que no han encontrado en contacto con la cultura humana-, carecen de pretensiones: son tal y como son.
¿Porqué los seres humanos somos tan pretenciosos? ¿Porqué nos desvivimos en la lucha constante de ser distintos a lo que somos? ¿Porqué no aceptamos nuestra naturaleza de ser humano? Tal vez porque percibimos que hay algo malo en nuestra naturaleza humana.
Personalmente, siento que no hay nada malo en nuestra naturaleza humana. El error se encuentra más bien en nuestra percepción de nuestra propia naturaleza. Tenemos una percepción errónea de nuestra naturaleza, una percepción deformada y deformadora. Nuestra falta de aceptación de nosotros mismos surge de un error de percepción. Por ejemplo, el concepto de pecado es un error de percepción. Al sentirnos manchados por el pecado (por definición, algo sucio y asqueroso) buscamos desesperadamente limpiarnos, purificarnos. Buscamos la salvación. Aparecen complejos sistemas religiosos y culturales que nos enseñan a realizar prácticas complicadas con el fin de obtener la salvación. Pero a menudo el supuesto remedio es peor que la supuesta enfermedad.
Podemos percibirnos a nosotros mismos como seres atrapados en la rueda de dolor y sufrimiento del samsara. Entonces concebimos un estado de liberación más allá del samsara llamado nirvana y nos empeñamos en realizar todo tipo de prácticas con el fin de liberarnos de algo que no nos gusta y conseguir algo que presuntamente nos gustará mucho. Esta visión simplista del dharma del Buda nunca conseguirá hacernos sentir en paz con nosotros mismos. La realidad experimentada y enseñada por el Buda es que samsara no es diferente de nirvana. Por lo tanto, no tiene sentido querer escaparse de samsara y vivir en nirvana. Cuando aceptamos que samsara es samsara y cuando nos aceptamos a nosotros mismos como seres que nacemos, vivimos y morimos en una realidad condicionada, cuando lo aceptamos de veras, entonces la realidad del nirvana, que también forma parte de nuestra naturaleza innata, aparece naturalmente sin pretenderla.
Desde el principio me gustó la meditación zazen por su ausencia de artificios. La naturaleza humana es simple y clara, la mente humana es complicada y confusa. La mente agitada es como un espejo deforme y deformador. Deforma el reflejo. Entonces la realidad aparece complicada y sin sentido. Aún así, sentados en zazen, no tratamos de luchar contra la mente agitada, ni de manipularla para que alcance tal o cual estado. La dejamos estar. Dejamos que la complicación de la mente sea sólo la complicación de la mente. Observamos la complicación sin complicarla más aún, ya que una mancha de sangre nunca puede limpiar una mancha de sangre. Al aceptarla tal y como se manifiesta, la mente deja de revolverse contra ella misma y poco a poco, sin pretensión ni tensión, aprende a descansar en su propia talidad, en su propia cualidad de ser tal y como es.
Por ello, en su dimensión más profunda, la meditación zen es no intencional. De hecho es una meditación en la que no hay nada sobre lo que meditar. Es una práctica que consiste en no practicar nada. Ni se busca ni se huye de nada. Uno no trata de liberarse de la ignorancia y alcanzar la sabiduría. Uno no lucha contra su naturaleza humana ni pretende convertirse en Buda ni en sabio ni en santo. Uno se sienta y se deja ser lo que es, tal y como es. Es así como experimento el estado de simplicidad y sencillez. Sin artificios, la mente encuentra descanso en su propia naturaleza original, sin tensión ni pretensión.
¿Fácil, difícil? Como dijo un viejo maestro zen:
"Si lo ves, las cosas son como son.
Si no lo ves, las cosas son como son".